En el monte Olimpo hay un señor que vende molinillos de colores, no son caros

Me gusta el olor a óleo.
Es uno de esos portones típicos (con la puerta estropeada), al salir suelo oír un taconeo redundante. Luego, me despido, y me dirijo a la estación de tren.
Me detengo enfrente de Renfe, en una parada de autobús (sólo tiene un cartel que la identifica).
Pasa mucha gente por ese lugar. Hay dos edificios a la espalda, y de frente se ven las montañas, dejando impresionantes nubes. Últimamente se ven muchos aviones, es la única distracción que hay por allí (el tiempo pasa lento en ese hemisferio).
Los coches que pasan por aquel paraje no se respetan (se empujan, insultan, gritan, etc.), algún día volarán motores y ruedas en esa rotonda.
Al fin el autobús llega, pago el euro por el viaje y me siento.
-“Les habla el Comandante, prepárense para el viaje”- dice siempre el piloto.
Se despliegan las alas y todo comienza a rugir. Suena un golpe seco, retroceden los cuerpos (todo el mundo se aferra a su asiento forzando los músculos) y el conductor sonríe, siempre lo hace (es como funciona la máquina).
Despegamos (¡¡Despegamos!!)
Al Comandante le gusta la ruta de Marte, y algunas veces compra molinillos de colores en el monte Olimpo.

Suelo llegar tarde a casa.

Allan Coliflor

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